Algunos aportes para la reflexión en torno a los desafíos en la formación para el trabajo social.

Cuando se acerca inexorablemente el inicio de un nuevo año académico, no resulta extraño verse envuelto en la vorágine de planificar variadas actividades con el objeto de implementar los programas de estudio.  Esta tarea encierra el desafío permanente de potenciar lo que se ha hecho bien, y ciertamente mejorar los errores cometidos. De igual manera, el inicio de un nuevo año académico es una invitación a reflexionar en torno a los desafíos que hoy conlleva la formación de los futuros trabajadores sociales.

Estos desafíos son múltiples y se configuran en un enjambre de situaciones complejas, tanto en los escenarios locales, como nacionales.  En este contexto, no resulta indiferente como continúan proliferando las escuelas de trabajo  social, tanto en universidades, como institutos profesionales. Resulta preocupante pensar, si existe y existirán ofertas laborales para tanto profesional, más preocupante resulta este hecho, en el marco de una sociedad que continúa avanzando en la liberalización de las prácticas laborales, lo cual acarrea un estado de precariedad laboral que suele afectar con mayor fuerza a los profesionales jóvenes.  En este marco de clara orientación al mercado, las universidades parecieran adaptarse sin restricciones al juego de la oferta y la demanda.

Todo lo anterior, ciertamente ha condicionado los procesos de formación profesional, lo cual se ve reflejado en la influencia de modelos pedagógicos internacionales, incorporación de tecnología y flexibilización de las prácticas profesionales.  Existe sin duda, una fuerte influencia de otras disciplinas, lo cual no es extraño en trabajo social, lo novedoso es que hoy se trata de enfoques de gestión cercanos a la empresa. Todo lo anterior, configura un escenario en donde la formación de futuros profesionales más bien se presenta como una tarea de generar mano de obra funcional al sistema, y no de profesionales críticos.

Lejos de ser un panorama desalentador,  lo descrito motiva la imperiosa necesidad de buscar nuevas, y en algunos casos, redescubrir viejas estrategias de formación. Nos asiste la responsabilidad de contribuir en la formación de profesionales capaces de navegar exitosamente entre las turbulentas aguas de estos tiempos globales. Hombres y mujeres igualmente comprometidos con la transformación social. Más que nunca, contribuir a la formación de estos futuros profesionales es un acto de amor, que demanda creatividad y arrojo. No basta con reproducir los modelos educativos sin reflexión critica, tampoco es posible obviar el hecho de los nuevos profesionales estarán insertos en un mercado exigente y dinámico.  Es necesario involucrarse integralmente en esta tarea, asumiendo las contradicciones que vayan emergiendo, y por cierto, disfrutar de los avances, y por qué no también de los tropiezos. Pero, por sobre todo abrazar esta tarea como una contribución al desarrollo de nuestra profesión, la cual debe rescatar y mantener su vocación por la transformación social y la dignidad del ser humano.

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